Jesús Ponce
Lectura de poemas en IES del municipio con Alba Moon y Jesús Ponce
Martes, 14 Abril, 2026 - 11:00
Jesús Ponce

A. J. Ponce (Chile, 1994) es un escritor chileno con una destacada trayectoria en la literatura contemporánea. Investiga sobre literatura y nuevos realismos en The New Centre for Research & Practice. En 2022, recibió el Premio a Mejor Obra Literaria en Chile. Actualmente, reside en Madrid, donde sigue desarrollando su obra.
 

Poema

 

Bañar al padre

 

Levantar al padre es levantar la herencia triste de un parentesco torcido. Alzar el peso de lo que en algún momento se sintió estoico y seguro, pero que ahora se deshilacha en el cosmos doméstico. Aguantar con los músculos aquel cuerpo que afirmó mis primeras aproximaciones al suelo es caer en la cuenta de que el cariño y el cuidado no obedecen a escalas de normalidad.

Desvestir al padre es redescubrir un cuerpo que siempre fue, a la vez, propio y ajeno. Es un ritual para invocar los momentos pasados y volverlos contingentes. Redescubrir en ellos cosas que nunca estuvieron, sensaciones que jamás se experimentaron y que, sin embargo, hoy se revelan concretas. Es volver a inventar modelos familiares por medio de afectos punzantes. Encontrarse de golpe con el rastro del cincel del tiempo en la carne. Con la vulnerabilidad inhumana del cuerpo. Esta arqueología ficticia apela al acto de reconocer en cada capa de su ropa, en cada puño de manga y surco de su piel, un cariño por lo que en algún momento fue «papá» y ahora es ahogo de palabra. Dejar la forma esquelética y laxa reposar en la silla que se dispuso en la tina, para que descanse de la fatiga que significa mantenerse en pie. Sentir el temblor del nervio, del esfuerzo por no desparramarse, por un golpe gélido del metal en sus isquiones. 

—Tengo frío, mierda.

Encender la ducha y poner la mano. Buscar la temperatura que lo calme. Que lo deje abandonarse para limpiarlo. Su mandíbula sin dentadura busca el temblor. 

—Estoy entumecido, hueón. 

Lanzo el agua directa a su pecho. Silencio. Veo su vello aplastarse por la presión. Recuerdo las algas en los roqueríos, acatando el vaivén de las olas. Lo recuerdo a él sosteniéndome en la piscina, cuando aún no me enseñaba a nadar. Son los mismos pelos que obedecen al agua estos que veo aquí, y los que siguen la dirección del chorro de la ducha. Los mismos que flotaban en el arroyo donde nos bañábamos en verano. Ese al que bautizamos río y que estaba escondido entre los árboles, en la parcela de unos amigos. Donde nos sentábamos tardes enteras sobre los huiros para escapar del calor. Para huir de mamá. Esas plantas acuáticas, como él ahora, también obedecían en silencio al cauce.

Con un guante rasposo unto el jabón en ese pellejo, la piel muerta se desprende y escapa por el desagüe. Pienso, mientras restriego esas piernas, en las várices, en lo gastado y en las capas de su ser; imágenes en las que uno no se detiene si no es en lo más que cotidiano. Pasar por su genitalidad por tanto tiempo invisible. Verla aparecer, hacerse presente en su castración social. El viejo es asexuado, dictan las voces de los otros. El viejo enfermo no desea. Qué mentira. Qué náusea. Limpiar con mimo la privacidad del espacio entre sus glúteos. Aguantar la respiración y recordar en todas las veces que él lo hizo por mí. Lo hago como él me lo enseñó. Hoy yo lo sostengo, a la vez que él me contiene sosteniéndolo. El espectro de mi padre histórico nos acompaña en el acto del cuidado. Todo lo que hago en este preciso instante de baño, de encuentro y de pena, toda acción de cariño ante el cuerpo del padre se formó a partir de sus enseñanzas, de él. De sus caricias, de sus cuidados. Tallar el cuerpo del padre con las manos del hijo es desafiar el orden santo. Subvertir las categorías de los poderes familiares, y con el solo gesto de fregar con ternura, hacer aparecer lo real. La mano que pasa por el cuerpo, que roza y limpia, que cuida a pesar del dolor, es a la única a la que puedo señalar como verdadera. El flujo restante de pensamientos sobre papá se tornaron ficción. 

—¿Pensaste alguna vez que un hijo te bañaría?

—Jamás —me confiesa a cascar de dientes—. Nunca en la vida.

 

Algo en el agua castra el deseo: lo siento cada vez que mamá me ahoga en la tina

 

Soy asexual, punto.
Soy asexual. Punto.

 

Lista de animales que también son asexuales:
• Cangrejos jaspeados,
• lagartos de cola látigo,
• tiburones en cautiverio,
• hidras,
• avispas,
• estrellas de mar,
• culebrillas de mar,
• anémonas de mar,
• erizos de mar,
• pepinos de mar,
• lirios de mar,
• esponjas de mar,
• amebas,
• las lochas, dólares de arena o galletas de mar,
• planarias,
• paramecios,
• pulgas de mar,
• escorpiones,
• salamandras.
 

 

Cuando hablamos de asexualidad en los animales es anecdótico. Interesante en ciertos puntos.

Cuando lo digo yo, es raro. A quienes se lo he comentado una grieta les cruza la cara producto de una elevación violenta y angulada de las comisuras de los labios. Y yo, para disminuir lo incómodo, inundo sus oídos con explicaciones.

Me gustaría ser anecdótico. O a lo más, solo curioso. —Me pareces fascinante —me dijo una mujer mayor alguna vez. —Me fascina que te fascine —le respondí, mientras de a poco me iba sumergiendo en la pecera de laboratorio que formaban la finitud de sus ojos.