Usted está aquí

Juan Evaristo Valls Boix

Fotografía:
Thomas Steineder
Juan Evaristo Valls Boix

Bio-bibliografía

Juan Evaristo Valls Boix es escritor y profesor de Filosofía de la Cultura y Teoría Literaria en la Universidad Complutense de Madrid. Se ha desempeñado como profesor de Estética y Filosofía contemporánea en la Universidad de Barcelona y ha sido investigador posdoctoral en la University of California-Riverside. Es doble doctor en Filosofía Contemporánea y Teoría de la Literatura, y forma parte del grupo de investigación Pensamiento Contemporáneo Posfundacional.

Actualmente se interesa por las poéticas de la inoperancia y las políticas del deseo en el marco de una crítica a la subjetividad neoliberal, con especial atención a la teoría de los afectos y a la filosofía francesa contemporánea. Entre sus publicaciones, destacan los ensayos Giorgio Agamben: Política sin obra (Gedisa, 2020), Metafísica de la pereza (NED Ediciones, 2022) y Suely Rolnik. Decolonizar el inconsciente (Herder, 2023). Ha traducido al castellano la gran biografía Søren Kierkegaard. El filósofo de la angustia y de la seducción de Joakim Garff (Tusquets, 2024), así como el Manifiesto anarcafeminista de Chiara Bottici (NED Ediciones, 2021) junto con Laura Llevadot y la Estética conflictual de Oliver Marchart (NED Ediciones, 2024). Escribe regularmente en El País y colabora con instituciones como el Centre Arts Santa Mònica, el Centro de Cultura Contemporánea Condeduque o el Institut d’Humanitats de Barcelona.

Actividad o actividades en las que participa

Martes, 16 Abril, 2024 - 11:30

Poemas

Fue en primavera, creo. La luz era muy amarilla. Mi hermana apenas tenía once años, y acudía con mi abuelo al pase matinal del cine Capitolio. Mi abuelo trabajó toda su vida en la administración del cine, y entraba cuando quería. El edificio, construido a capricho por dos empresarios de la región, era fastuoso y profuso en ornamentos, como prometía su nombre. Pero no pensé nada de eso en el sueño, aunque lo describa ahora. Solo la mano de mi hermana asida a la mano de mi abuelo. Él vestía un traje gris que aportaba empaque a su corpulencia, no llevaba corbata. Sí vi ese traje en el sueño. Y la luz, toda esa luz.

        Mi hermana era golosa y no comía más que dulces, así que mi abuelo le compró un pastel para que lo almorzara durante la sesión. Por entonces, llamaban «relámpago» al éclair francés. Mi hermana se adentró con uno en la oscuridad de la sala, dispuesta a aprender de los destellos. No recuerdo la película, solo la negrura del cine, la pantalla blanca y resplandeciente, aquella pareja entre las sombras.

        Apenas lo hubo mordido, con las luces ya apagadas, el pastel se deslizó entre sus dedos y cayó, rodando por la falda de su vestido. Mi hermana se puso a buscarlo, tanteaba todo su cuerpo con las manos llenas de chocolate, de prisa, de apetito. Mi abuelo miraba la película, ajeno a la aventura. Mi hermana se palpaba los muslos y las rodillas, se apretaba la cintura, daba palmadas en sus antebrazos.

Iba persiguiendo su deseo, se buscaba un relámpago en el cuerpo con la única guía del tacto, quizá también siguiendo el brillo de lo oscuro —el chocolate, el cine, lo que reside debajo o en el fondo de las cosas, recubierto de palabras—. Tras la refriega se dio por vencida: parecía que, en lugar de acercarlo, cada uno de sus empeños alejaba más el pastel de sus manos. Tan difícil es apresar lo que uno ama, solo en su ausencia lo abraza —cerca y lejos al mismo tiempo, como la escritura y los fantasmas—. Todo el cine olía a chocolate. Me lo imagino desierto y oliendo a chocolate.

        Acabada la película y la soledad cómplice de los videntes, la claridad de la sala vino a resolver el enigma. El relámpago se había disuelto en manchas oscuras que cubrían toda la ropa de mi hermana. Ahora su hambre dormía en todas las

cosas, dispuesta a despertarse veloz y misteriosa como un rayo. Mi abuelo la miraba mientras, sonriente. Quién sabe si comprendía. Ambos volvieron a casa para cambiar el vestido, sucio y feliz. Mi hermana cultiva en su carne desde entonces la memoria de lo inalcanzable, que un día —una noche— se fundió con su cuerpo.

Fue en primavera, creo.

 

Juan Evaristo Valls Boix, extracto de «Sueños», en Metafísica de la pereza