María Elena Higueruelo

foto: Alex de la Torre

Bio-bibliografía

María Elena Higueruelo (Torredonjimeno, Jaén, 1994) es graduada en Matemáticas y en Literaturas Comparadas por la Universidad de Granada. Ha publicado los libros El agua y la sed (Hiperión, 2015), con el que obtuvo el XVIII Premio de Poesía Joven «Antonio Carvajal», y Los días eternos (Rialp, 2020), tras resultar ganadora del Premio Adonáis 2019. Ha sido incluida en las antologías Nacer en otro tiempo (Renacimiento, 2016), Piel fina (Maremágnum, 2019) y Cuando dejó de llover (Sloper, 2021), así como en diversas revistas de literatura y cultura. 

Poemas

HE ENCONTRADO UN ATAJO

 

Perdidos en la Judería

 

Muchachas de Jerusalén: yo os invoco.

 

Muchachas de Jerusalén, dejad que mi amor venga

con las manos vacías,

con las manos

sin frutos ni manjares. Dejad que venga

a mí sin nada; así yo,

imposible Sulamita, pálida y mundana,

llenaré las suyas con las mías.

 

Muchachas de Jerusalén, dejad que mi amor venga

por este atajo: acortad la distancia

entre su abrazo y el mío;

ya sé que no puede aliviar

de las cosas el peso, pero cuando

permanece aquí cerca sí consigue

que no me importe soportar tamaña carga.

Por favor,

 

muchachas de Jerusalén, dejad que mi amor venga

para quitarme la corona de espinas

y, en su lugar, trence en mi pelo

una corona de flores azules

que expanda el olor de su nombre.

Así yo le ofrendaré este cantar,

aunque no sea el más bello, aunque no

sea digno de un rey.

Quizá mi amor lo estime

al menos digno de lo nuestro:

 

Amor, yo repudio

el pasado y el porvenir

por este instante contigo.

(Los días eternos, 2020)

PATIO DE RECREO PARA NIÑOS MAYORES

 

Yo aleúyo, tú aleúyas, él aleúya—

aleuyar es un juego que consiste

en ser empujado 

  (poco a poco)

con una piedrita hasta la tierra.

 

Veinte – dieciocho – quince: has vuelto

a sentir la violencia del ojo-

bisturí; de la palabra ajena,

extraña sentencia pronunciada

como un susurro en altavoz.

Trece – diez – siete: has vuelto

al lugar del rito infantil;

presa del corro caníbal, eres

otra vez chivo expiatorio —tú la llevas.

Undostrés: estate quieta.

Undostrés: escóndete. 

 

Los niños mayores cantan (cinco, cuatro)

contentos el himno de tu caída.

De tizón tu espalda manchada,

el verbo (tres) y la carne (dos)

vuelven a ser uno:

«estás demasiado

callada».

 

Los niños mayores cantan: 

¡Aleúya! ¡Aleúya!

 

(Los días eternos, 2020)

INVOCACIÓN

 

Al tándem Pardo-Valente

 

Ya puedo intuirte, ya

te adivino del otro lado de la luz,

al otro lado de los blancos párpados

cantando como una cigarra muda

⸻arrullo bajo el sol que despliega

las sombras de las cosas invisibles⸻.

 

Eco que precede a la voz: vibras

como la espada temblorosa que custodia

la frontera entre la nada y lo posible:

fabricar el silencio o fabricar la palabra;

mientras, recorrer con el dedo

la tenue silueta de los signos.

 

Yo te invoco porque tú me llamas:

¿de quién irá quién al encuentro?

 

No: la luz no basta.

Hay que hendir los dientes en el fruto,

arrancar la carne a la palabra.

Hay que aspirar al silencio.

 

(Los días eternos, 2020)

 

EN LA CERRADURA DE UN CANDADO

 

En la cerradura de un candado, otro

candado, y nunca, por ningún lado,

una llave.

 

Una puerta que no se abre

ni empujando ni tirando.

Una puerta que no es corredera,

con un cerrojo en ambas partes.

 

Una puerta por la que no se entra,

una puerta por la que no se sale,

una puerta que separa

una nada de otra nada

y solo dentro del candado

⸺aun tal vez otro candado⸻

esconde algo.

 

Y nunca, por ningún lado,

una llave.

 

(El agua y la sed, 2015)