María Martínez Bautista

Poemas

Los galgos

 

La tristeza es vulgar si no es inmensa

y esconde, muchas veces, un placer venenoso.

Miradme si no a mí, los ojos fijos

sobre el asfalto de la vuelta a casa,

porque veo tan triste

el peso de mis pies sobre mis pasos,

y tristeza en la noche de repente.

Y miraos a vosotros, siempre tristes

porque los días vienen tan vacíos,

solo porque los días se suceden.

 

Deberíamos ser como los muertos

que no son todavía y ya lo saben,

los que cruzan la línea poco a poco,

los que el cáncer devora

con mordiscos pequeños.

O podríamos ser como los galgos,

que perdonan humildes, superiores,

el lazo de la horca

y las púas del hambre.

Las lagunas estigias de sus ojos

las surca un fuego extraño, por alegre.

 

 

Ningún dolor más grande

 

 

Nessun maggior dolore

che ricordarsi del tempo felice

ne la miseria

(Dante, Infierno, V, 121-123)

 

Lucecitas arriba en las pupilas,

cascabeles abajo en la garganta

y espejitos amables;

las aves de esperanza

que envías a posarse

en los días siguientes;

la paz de una cartuja sobre Nápoles,

donde no te inquietó morir y no ser nada;

y el hambre deliciosa

cuando tu boca busca la otra boca

 

ya nunca más,

que vuelvo y soy la noche,

pero no la que enciende las farolas

e introduce en las casas sed de sueño,

porque esa es una noche compartida.

Yo los peces y el agua de la pena,

la ropa con tu forma

y el humo que se lleva el tiempo que tenemos.

Yo los peldaños

que descienden solo.

Yo la que soy para que tú no seas.