Pablo Bujalance

Bio-bibliografía

Nacido en Málaga en 1976, Pablo Bujalance es escritor y periodista. Desde 2004 es redactor de cultura en el diario Málaga Hoy y columnista de opinión en el Grupo Joly. El mismo año publicó su primer libro, 'Padre', con el que ganó el Premio Málaga Crea de Poesía, concedido por el Ayuntamiento de Málaga. Desde entonces ha publicado novelas, relatos, ensayos, poemas y obras de teatro. Como dramaturgo, ha estrenado desde 2011 una veintena de obras, incluidas algunas adaptaciones de clásicos, que en varias ocasiones han sido objeto de giras y premios dentro y fuera de España.

Entre sus reconocimientos cabe destacar, además del Premio Málaga Crea, el Premio del Teatro Andaluz a la difusión de las artes escénicas, concedido por la Fundación SGAE y la Asociación del Teatro Andaluz en 2015, por su labor de crítico teatral recogida en prensa y en el blog 'El diario de Próspero'; así como los galardones otorgados por el Festival de Teatro Clásico de Almagro y la Asociación de Críticos de Teatro de Uruguay a 'A secreto agravio, secreta venganza', producción escénica de la obra de Calderón de la Barca a cargo de la compañía Jóvenes Clásicos con la versión libre de Pablo Bujalance.

Su último libro de poesía es 'Los relojes de río', publicado en 2021 por Ediciones en Huida.

 

Poemas

Non serviam

Pero no decir futuro,

¿cómo no decir futuro?

¿Cómo conducir las palabras al límite

tras el que todo es suceso y no sustancia?

¿Cómo decir mar en lugar de una representación ideal del mar? 

¿Cómo prescindir al fin del nombre, repudiar la concreción del trampantojo,

colicuar el instante, cómo relegar el adjetivo a la antesala del silencio

para que de una vez hable el tiempo,

el torrente que no distingue entre ayer y hoy, el reloj

que mide la dimensión de lo que no pasa, sino permanece?

Cuanto digo,

cuanto no digo,

alimenta este desvarío que cuenta las horas no invertidas,

que se resuelve a base de melancolía y propósito, yo

comprendo que el lenguaje me expulsa

y a la vez me aprisiona, hay un hombre llamado Pablo

en todas las casas a las que no quiero entrar, en la

memoria de insectos y el porvenir de tigres, pero no

sé decir de otro modo, no puedo llamarme

como se llama el río. Soy y estoy

en estos términos precisos,

no en otros cualesquiera,

no se apiadará de mí Proteo, no habrá

metamorfosis que ampute mi rostro,

nunca habré nacido más allá de Sirio,

la distancia es superior a mi voluntad, siempre

quedará un lugar tan remoto que no valdrá la pena emprender el viaje,

ni decir,

ni no decir.

 

Si Demócrito se sacó los ojos para pensar con claridad

yo me arrancaré la lengua para ver el mundo como es,

pues ya no aspiro a interpretar,

me basta con observar; pero a dónde,

por qué mirar implica nombrar, por qué

la estancia exige la apropiación y la conquista.

Debería ser suficiente con que lo que es sea,

sin mediación alguna para lo que no es ni puede ser:

nada hay fuera del tiempo, lo demás

sólo es literatura. Dadme, entonces,

un idioma fiable,

la autoridad del cálculo, la providencia

de la aritmética, poned en mi boca un pastor

que cuente cada noche sus cabras y haga acopio de su rebaños,

la fidelidad que nos permita llamar al cielo

por su medida, al océano por su profundidad,

a Dios por su raíz; sólo pido

un verbo tan libre como una cifra,

una escala, una progresión para no mentir,

la certeza de que dos objetos serán siempre dos

en cualquier latitud, bajo cualquier presión,

ya se trate de hombres, piedras o árboles.

De nada me sirvieron las palabras

cuando creí necesitarlas, ahora

aspiro a que Pablo no signifique nada,

sólo uno,

sólo seis,

sólo mil, la fracción, la potencia,

la extracción fértil de la geometría

para pertenecer de nuevo. 

(Sin título)

 Era tan viejo que no se lo llevó la muerte: fue un nacimiento imprevisto, espontáneo y austero el que lo expulsó del mundo. Las aguas se rompieron en la misma cama que abrigó sus miembros. Luego llegó la sangre, y con ella la vena, el diluvio, la estampida de los ciempiés y los pétalos. Dejó una nota escrita en la mesa antes del poso final. Sus manos acariciaban, torpes, la alambrada que creyó iglesia.